Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás...
Carta de René Zavaleta Mercado a Joseph Barnadas
A 30 años de la Revolución de 1952, la revista Historia Boliviana, dirigida por Josep Barnadas, solicitó de un grupo de casi 20 intelectuales sus respuestas a un breve cuestionario. Las preguntas eran las siguientes: 1. ¿Podría señalar los logros más importantes de la Revolución Nacional? 2. ¿Podría señalar, asimismo, las omisiones o defectos más importantes de la Revolución Nacional? 3. ¿Considera que la Revolución Nacional es un ciclo cerrado ya en la historia boliviana? 4. ¿Cuáles serían, en su opinión, las dos obras publicadas que mejor han interpretado el fenómeno revolucionario, sus problemas y su desenlace, y dónde reside su valor?
René Zavaleta Mercado respondió con una carta dirigida a Barnadas:
México, 12 de agosto de 1982
Señor don
Joseph Barnadas
Cochabamba.
Estimado amigo Barnadas:
Señor don
Joseph Barnadas
Cochabamba.
Estimado amigo Barnadas:
Prefiero contestar a la encuesta sobre los treinta años de abril en la
forma de esta carta. No crea que no lo haya hecho antes por falta de interés.
La verdad es que se han interpuesto obstáculos de otra naturaleza. Yo lo
conozco a usted, por [su libro] Charcas, desde hace años y créame que sería la
última persona a la que deje sin respuesta.
Lo de abril es un tema cautivante y doloroso. No se puede hablar sobre
eso sin experimentar una gran inquietud. Ahora, precisamente, acabo de asistir
a un seminario sobre memoria histórica. Sobre ello le diré que yo no conozco un
caso de memoria histórica más patente que el de abril. La desintegración de la
unidad del combate, la logística de masa, la transformación de la cantidad en
calidad militar son, por cierto, recuerdos de la Guerra del Chaco donde en las
únicas ocasiones en que se venció o se luchó con éxito fue en las que se
practicó esa manera. Pero es algo que viene de muy atrás y pertenece a la
lógica de la multitud boliviana. Esto en cuanto al acto revolucionario. Si a
ello sumáramos la preparación campesina de la insurrección urbana, que es algo
que sólo ahora se ha probado de un momento taxativo y la consecuencia casi de
inmediato campesina de la insurrección (que fue en lo fundamental proletaria)
veríamos que es allá mismo donde se gestaron grandes acontecimientos como la
vinculación o bloque histórico entre los obreros y los campesinos en la crisis
social de 1979. Se trata, por tanto, de un sentimiento “adquirido” en lo
fundamental.
Lo que somos hoy, por eso, a favor o en contra, estaba ya inmerso o no
revelado en los días aquellos. Es un verdadero momento constitutivo. Allá se
funda no sólo el Estado del 52 sino también toda la sociedad civil del 52. El
grado en que los actores mismos, sobre todos sus actores cupulares, tuvieran
conciencia de ello es discutible e irrelevante en cualquier caso. Para algunas gentes
podría ocurrir a su lado la batalla de las Termópilas sin que ellas se dieran
cuenta.
Esto es lo que hizo abril. También deberíamos ver lo que no hizo. Por
razones que son complicadas de explicar, fue a la vez un momento constitutivo
limitado. La prolongación de una lucha y su alcance numérico es un dato
decisivo en estos casos porque los hombres no renuncian a sus creencias sino
ante acontecimientos poderosos. Aunque la participación de los campesinos y de
las regiones en la gestación del acontecimiento fue interesante, no fue más que
eso, al menos en el principio. No es lo mismo una mortandad del 20 o del 25% de
la población como ocurrió en la guerra de los mambíes en Cuba o el 10% de la
mortandad general de la Revolución Mexicana. Jacobina en todas sus formas, la
Revolución Nacional tuvo sin embargo en Bolivia una suerte de superficialidad
en cuanto al relevo ideológico o sea a la transformación de la ideología
profunda del país.
¿Qué se quiere decir con ello? La “disponibilidad” de las masas fue quizá
la más importante de toda la república, al menos desde la Guerra de los Quince
Años. Es cierto que eso mismo, por las razones dichas (extensión del
acontecimiento e intensidad del dato interpelatorio), no puede compararse a
momentos constitutivos contemporáneos como los mencionados. Con todo, hubo una
suerte de complemento a ese déficit estructural por dos días: primero, porque
no se pudo proseguir la sustitución ideológica en la manera que es clásica,
acentuándola con la inversión del excedente económico en mediaciones estatales,
porque el excedente era escaso, no se demostró capacidad social de
incrementarlo hacia dentro y se había angostado a causa de la propia
transformación social. De otro lado, porque la ideología del MNR era más
antipatiñista que antiimperialista y más interosquera que antiseñorial,
plebeísta y democrática. Las masas a su turno, con lo cual hablamos sobre todo
de la clase obrera, eran sindicalistas, espontaneístas e insurreccionalistas.
En esas condiciones no había quien delineara los fundamentos de aquello que se
llama la reforma intelectual y moral, que es lo único que habría podido
convertir abril en una revolución definitiva del espíritu y la materia del
país. La falta general o caso general de lo que Moreno llamaba el “sentido viril
de la soberanía” hizo el resto en favor de los norteamericanos que son los amos
hoy de Bolivia y de la propia Revolución Nacional.
Es posible afirmar que abril dio pábulo a que se expresaran todas las
ideologías latentes en una formación no resuelta (gelatinosa), en lo cual la
Revolución fue democrática; pero no encarnó en último término sino la ideología
clásica del país más su nueva eficiencia, es decir, la del momento constitutivo
de los señores, los segundones y los encomenderos. En realidad, toda la clase
dominante niega abril o al menos trata de apoderarse de abril; se reconstruye
en el seno de abril. Al final, incluso con la letra oligárquica: eso es Tolata,
lo de los rodhesianos, etc., eso es lo que explica que al mismo tiempo que en
1978-80 se produce un auge de masas sólo comparable al del 52, sin embargo
todas las alternativas políticas pertenecen al estatuto de lo señorial o al
menos al de sus parientes pobres.
Por desgracia, las cosas se han revertido en esta manera y hoy día la
superestructura política es más reaccionaria que en la década de los 40 en
tanto que los aspirantes a reemplazar al MNR como mediación de la política no
tienen ni siquiera la gracia plebeísta que aquel partido de los excombatientes
tuvo en casi toda su historia. Bolivia, en suma, es hoy más señorial, católica
e hispánica que nunca. Frente a eso, es cierto, existe una revuelta expectante,
a la vez agónica y atónita. El resurrecto proyecto señorial y el movimiento
popular parecen por el momento destinados a paralizarse sin cesar. Eso, no
obstante, no puede durar demasiado tiempo. En el bando popular el principal
problema sigue radicando en su incapacidad casi congénita de razonar en
términos materiales (y no mitológicos) acerca del país y de su propio poder.
Reciba el más cordial saludo.
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