Las casetas del populoso mercado Mutualista en Santa Cruz comenzaron a quemarse la noche de ayer domingo, justamente al día siguiente de que los gremialistas anunciaron que no acatarán el anunciado paro de 48 horas decidido por la Gobernación y el Comité Cívico cruceños, a la cabeza de otras instituciones totalmente controladas por la derecha, como la Universidad Gabriel René Moreno. Aunque se desconocen las causas que originaron este desastre, llamó enormemente la atención que los pocos hidrantes de la zona no tenían agua, por lo que el fuego que inició en algunos puestos pudo extenderse rápidamente. Vanos fueron los esfuerzos de los comerciantes, que trataron de recuperar la mercadería que tenían en sus kioscos, arriesgando sus vidas. Con la llegada de los bomberos y colaboración de los mismos comerciantes se combatió el siniestro; luego, cuando arribó al lugar Luis Fernando Camacho, fue recibido con mucha hostilidad porque varios comerciantes abiertamente lo acusaron de estar detrás...
20/12/2011
Pascual Serrano/Le Monde
Diplomatique
Después de regenerar la figura de Stalin (Stalin.
Historia y crítica de una leyenda negra, El Viejo Topo), el filósofo
italiano Domenico Losurdo vuelve a sacudir con su irreverencia impecablemente
documentada y argumentada los patrones históricos preestablecidos, ahora
desmitificando la figura de Gandhi. Para comenzar deja en evidencia ese manido
recurso de quienes dicen estar en contra de todo tipo de violencia, Losurdo
comparte una tesis ya defendida por Alfonso Sastre según la cual si renegamos
de la violencia de todo Estado es que negamos del Estado y si denunciamos la
violencia de todos los movimientos y organizaciones no estatales estamos solo
condenando al más débil. Su objetivo con este libro será “mostrar los dilemas,
'traiciones' decepciones y auténticas tragedias con que ha tropezado el
movimiento inspirado en el ideal de la no violencia”. Así, Losurdo desmonta el
mito pacifista de Gandhi y repasa el compromiso del apóstol indio con el
reclutamiento de ciudadanos de su país para el ejército británico en la Primera
Guerra Mundial, incluso su iniciativa de unirse a los británicos en sus
acciones armadas para sofocar los levantamientos de las colonias zulús en
África, lo que muestra que ni era tan pacífico ni tan rebelde contra la
metrópoli. Ya desde su presencia en Sudáfrica, el objetivo de Gandhi era
incorporar a los indios en el grupo social de la élite blanca más que combatir
el racismo, como bien muestra el autor en las citas que reproduce de los textos
de Gandhi.
Frente a una violencia revolucionaria, reivindicada por Marx, Engels o Lenin, que se enfrenta a la explotación y que condena la Primera Guerra Mundial al considerarla como una matanza de trabajadores contra trabajadores, Gandhi busca el reconocimiento del fuerte poniéndose de su lado. Es lo que Losurdo presenta como la dicotomía cooptación/emancipación. Gandhi, en un primer momento, junto con los laboristas ingleses e italianos, “reivindica la cooptación de la clase obrera en la clase dominante en Occidente, aunque ello signifique avalar guerras y violencias sangrientas en perjuicio de los pueblos coloniales. Una postura que Engels y las corrientes más radicales del movimiento socialista rechazan de lleno”. Una vez comprobado que su estrategia no sirvió y el imperio británico sigue humillando y marginando a sus compatriotas comienza a enfrentarse a la opresión de la raza blanca, condena la industrialización occidental, reivindica la superioridad moral de la India (ahimsa), presenta a Dios de su parte y termina liderando un nacionalismo religioso. De este modo Gandhi incorpora el martirio en su forma de lucha (“Quién pierda su vida, la ganará y quien intente salvarla, la perderá”). Mientras que el partido de Lenin lucha con la convicción de actuar en consonancia con la irresistible corriente de la historia, en el partido de Gandhi está convencido de poseer la ayuda divina. Tal y como sucede con los feyahidines, la violencia/no violencia de la lucha de Gandhi es, ante todo, una misión moral que se verá premiada con la salvación eterna. Política y religión irán indisolublemente unidas. Su carisma y heroísmo será su principal patrimonio que le legitima como líder, de ahí la conmoción social que provocan sus ayunos de protesta.
Frente a una violencia revolucionaria, reivindicada por Marx, Engels o Lenin, que se enfrenta a la explotación y que condena la Primera Guerra Mundial al considerarla como una matanza de trabajadores contra trabajadores, Gandhi busca el reconocimiento del fuerte poniéndose de su lado. Es lo que Losurdo presenta como la dicotomía cooptación/emancipación. Gandhi, en un primer momento, junto con los laboristas ingleses e italianos, “reivindica la cooptación de la clase obrera en la clase dominante en Occidente, aunque ello signifique avalar guerras y violencias sangrientas en perjuicio de los pueblos coloniales. Una postura que Engels y las corrientes más radicales del movimiento socialista rechazan de lleno”. Una vez comprobado que su estrategia no sirvió y el imperio británico sigue humillando y marginando a sus compatriotas comienza a enfrentarse a la opresión de la raza blanca, condena la industrialización occidental, reivindica la superioridad moral de la India (ahimsa), presenta a Dios de su parte y termina liderando un nacionalismo religioso. De este modo Gandhi incorpora el martirio en su forma de lucha (“Quién pierda su vida, la ganará y quien intente salvarla, la perderá”). Mientras que el partido de Lenin lucha con la convicción de actuar en consonancia con la irresistible corriente de la historia, en el partido de Gandhi está convencido de poseer la ayuda divina. Tal y como sucede con los feyahidines, la violencia/no violencia de la lucha de Gandhi es, ante todo, una misión moral que se verá premiada con la salvación eterna. Política y religión irán indisolublemente unidas. Su carisma y heroísmo será su principal patrimonio que le legitima como líder, de ahí la conmoción social que provocan sus ayunos de protesta.
No acaban aquí la revelaciones audaces de Losurdo
sobre Gandhi, encontraremos el ruralismo fascista del líder indio que le lleva
a simpatizar con Mussolini (“salvador de la nueva Italia”, “muchas de sus
reformas me atraen”) y sus agresiones a Abisinia y Etiopía (“sólo puedo rezar y
confiar en que haya paz”). Más tarde se verá su indecisión a apoyar a los
aliados contra el nazismo (“no deseo la derrota de Gran Bretaña, pero tampoco
la derrota de los alemanes”, “Roosevelt y Churchill son tan criminales como
Hitler y Mussolini”).
Losurdo denuncia que los constructores de las
historia “han erigido al líder indio en apóstol y mártir de la no violencia
frente a los héroes de los movimientos revolucionarios por la emancipación de
los pueblos coloniales; y así, inopinadamente, Gandhi se convierte en la
antítesis de Mao, Ho Chi Minh, Castro y Arafat”.
Otro mito que desmonta Losurdo es la supuesta
eficacia de la “no violencia” de Gandhi en el logro de la independencia de la
India. Al fin y al cabo la descolonización de la India se hizo en pleno proceso
de descolonización mundial con un imperio británico agotado por la guerra
mundial, incluso Irlanda mediante su sangrienta guerra logró la independencia
veinticinco años antes. El miedo a repetir esa experiencia, en opinión de
Losurdo, es lo que hizo a Inglaterra reconocer la independencia de la India.
No es Gandhi el único “pacifista” que Losurdo
desmitifica, también explica cómo Hannah Arendt aplica diferente tabla de medir
a la violencia judía contra el nazismo y la de los pueblos coloniales y los
negros contra sus opresores.
Otro líder de la no violencia cuya trayectoria ha
sido tergiversada por la historia es Martin Luther King. Según nuestro autor,
la ideología dominante elogia y canoniza al primer King, al que aspira a
conseguir que los negros sean partícipes del “sueño americano”, pero condena al
olvido al líder afroamericano que condena el racismo blanco de Estados Unidos y
la guerra colonial de Vietnam y expresa su admiración por líderes negros
comunistas.
Para terminar, Losurdo destapa la farsa en torno al
depositario de la herencia pacifista de Gandhi, el Dalai Lama. Mientras se nos
presenta el budismo y los monjes tibetanos como sinónimo de no violencia y al
comunismo como sinónimo de expansionismo y violencia, Losurdo destapará el
pasado de genocidio y exterminio a manos del V Dalai Lama, la teocracia feudal
con la que dominaron el Tibet, los grupos tibetanos adiestrados, armados y
equipados con material bélico de Washington, el racismo y las vocaciones de
limpieza étnica de los Dalai Lama, el culto que el Tercer Reich reservaba al
Tíbet.
El repaso de estos falsos mitos promovidos por el
poder, que tiene como estrategia presentar a los rivales de Occidente como la
reencarnación de la violencia y a sus amigos, como los nuevos Gandhis, lleva a
Losurdo a denunciar las nuevas políticas de subversión y manipulación de la
opinión pública internacional a través de las denominadas “revoluciones de
colores”. Es decir, promover rebeliones artificiales mediante el odio
religioso, étnico o cultural; financiar grupos minoritarios que activen estas
maniobras, magnificar su apoyo popular en los medios de comunicación y
establecer paralelismos entre sus líderes y los mitos no violentos consolidados
por la manipulación de la historia. Así, la “no violencia”, antes arma de los
débiles, se transforma en un arma más a disposición de los poderosos y
prepotentes que, incluso desde fuera de la ONU, están decididos a imponer la
voluntad del más fuerte. Ahora la proclamación del ideal de no violencia
coincide con la apoteosis de Occidente, que se erige en garante de la
conciencia moral de la humanidad y se considera autorizado a provocar desestabilizaciones
y golpes de estado.
Losurdo, Domenico. “La cultura de la no violencia”.
Península. 2011. Traducción de Helena Aguilà
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